Unión de egos

En algunos países, y puntualmente en Paraguay, la oposición política parece tener una dificultad que ninguna encuesta, elección y derrota consigue resolver totalmente, cuando se habla de ponerse de acuerdo. Cada vez que se aproxima una contienda electoral aparece el mismo libreto, con distintos actores y casi siempre idéntico desenlace. Se habla de unidad, de construir una alternativa, de terminar con décadas de hegemonía colorada, pero cuando llega la hora de sentarse a definir quién encabeza, quién acompaña y qué proyecto se ofrece al país, la unidad se convierte en una guerra de egos.

El problema no es la diversidad ideológica. Una democracia saludable necesita matices, discrepancias y diferentes maneras de interpretar la realidad o parte de ella. El problema aparece cuando las diferencias dejan de ser programáticas y pasan a ser personales. Cuando importa más quién lleva la candidatura que lo que esa candidatura pretende hacer. Cuando cada partido busca preservar su pequeña “chacra”, su parcela de poder, aunque para ello termine sacrificando la posibilidad de construir una alternativa nacional con posibilidades reales de gobernar.

La oposición paraguaya ha demostrado demasiadas veces que sabe juntarse para intentar derrotar a alguien, pero todavía no consigue demostrar que sabe juntarse para gobernar con proyectos factibles y mejores. Y son cosas completamente distintas.

Una alianza electoral basada exclusivamente en el rechazo al Partido Colorado tiene fecha de vencimiento. Puede servir para sumar votos circunstancialmente, pero difícilmente puede sostener un proyecto de país. Satanizar al coloradismo como única plataforma electoral tampoco constituye una propuesta. El ciudadano necesita saber qué harán con la seguridad, la salud, la educación, el empleo, la infraestructura, la corrupción, la justicia, las empresas públicas y la administración del Estado quienes pretenden reemplazar a quienes hoy ejercen el poder.

La oposición necesita comprender, además, que el Paraguay no es propiedad de ningún partido. Tampoco es el escenario para satisfacer la megalomanía de dirigentes convencidos de que nacieron para encabezar cualquier fórmula. Hay una diferencia enorme entre tener aspiraciones legítimas y creer que el país está obligado a convertirlas en realidad.

Mientras algunos dirigentes calculan cuántos espacios tendrán en una eventual distribución del poder, la ciudadanía calcula cuánto le cuesta llegar a fin de mes.

Una verdadera unidad opositora debería comenzar precisamente en un programa completo. Primero el país; después las candidaturas. Primero las coincidencias fundamentales; después los cargos. Primero la capacidad, la honestidad y la solvencia; después las ambiciones personales.

El desafío no consiste simplemente en vencer al adversario de turno. Consiste en demostrar que se puede hacer algo mejor. Para eso se necesita menos vanidad y más propuesta; evitar confrontación interna y sumar responsabilidad; dejar de lado el cálculo partidario y fundarse en una visión nacional.

Mientras los egos sigan ocupando el lugar que deberían ocupar los programas, las alianzas seguirán siendo apenas fotografías de ocasión.

La suma de ambiciones personales no tiene nada que ver con liderar para el bien común.