Existen “patologías” silenciosas, y otras escandalosamente visibles. La política esteña es un claro ejemplo de lo segundo. Es decir, un cuadro recurrente que brota cada periodo electoral y que convierte a varios pre-candidatos en criaturas súbitamente afectuosas, cercanas y hasta humanamente entrañables. Durante años fueron funcionarios, operadores o aspirantes distantes; de pronto “ven la luz”, descubren el calor humano como si fuese un invento reciente, emanando alegría pública como un payaso abrumador.
Caminan por ferias, abrazan a desconocidos, preguntan por la familia, sostienen criaturas ajenas con una seguridad que no demuestran al sostener la gestión pública. Se fotografían con la naturalidad de quien cree que la cercanía física reemplaza la cercanía moral. Es una representación teatral de sensibilidad que da asco.
El fenómeno merece estudio clínico. Aparece únicamente cuando hay votos en juego y desaparece inmediatamente después de contarlos. Se enciende con el padrón y se apaga con el escrutinio.
La escena recuerda a lo que en medicina se conoce como síndrome de Williams. Una condición genética poco frecuente, cuyos pacientes presentan una sociabilidad extrema, una confianza casi absoluta hacia desconocidos y una tendencia a establecer vínculos afectivos inmediatos sin percibir riesgos, tienden a querer abrazar a todos. Pero no es enfermedad físico-mental los que padecen nuestros ilustres postulantes a la intendencia de Ciudad del Este, sino enfermedad moral, hipocresía plena.
En la medicina se trata de una condición involuntaria; en la política, en cambio se activa cuando conviene.
Exageran con herramientas arcaicas basadas en emociones impostadas, humildades declamadas, honorabilidades autoproclamadas. Hablan de sacrificio quienes nunca renunciaron a privilegios, de transparencia quienes conocen más pasillos judiciales que sesiones públicas, y de capacidad quienes no pudieron administrar ni sus propias estructuras internas sin conflictos.
Dime de qué alardeas.
Porque el político que insiste en presentarse como honesto no está informando; está intentando convencer de lo que no es. Y el que recalca permanentemente su cercanía con la gente suele vivir siempre lejos de ella, salvo cuando las urnas lo obligan a recordar direcciones.
La ciudadanía, sin embargo, ya no es un auditorio pasivo. Sabe cada vez más distinguir entre el apretón de manos espontáneo y el abrazo que busca obediencia. Es el gesto dirigido al funcionario dependiente, al contratado temeroso, al operador condicionado. Se abraza hoy para evitar ser “abrasados” mañana en la estructura política.
La escena funciona solo donde la necesidad obliga a corresponder el saludo. Pero fuera de ese círculo, el espectáculo resulta evidente y molestoso.
La memoria colectiva puede ser indulgente, pero no eternamente. La gente reconoce patrones, sobre todo cuando se repiten con la precisión de un calendario electoral.
El problema no es que los candidatos saluden o abracen. El problema es que solo sepan hacerlo cuando necesitan algo. La afectividad de temporada no es virtud pública, es estrategia perimida.
Ciudad del Este no necesita políticos “cariñosos”, necesita autoridades decentes en todo momento. Si bien hasta la fecha ninguno está a la altura de lo que requiere la ciudad, algunos ya abusan con la mediocridad, por lo que lo máximo que podría aspirar es recibir vítores, pero en el circo.
Que les compre quienes no los conozcan.
