El fanatismo actual muy pocas veces nace de una convicción pura, inmaculada. En la práctica, surge de intereses demasiado humanos y no precisamente éticos. Conservar privilegios, cuidar espacios de poder o simplemente no perder aquello que durante años sirvió como sustento es motivante preeminente. Por eso el fanatismo político suele ser más ruidoso que racional, pues no defiende ideas; protege conveniencias.
En Ciudad del Este, históricamente se instaló una cultura de obediencia disfrazada de lealtad. Durante décadas, las administraciones municipales “educaron” a ciertos sectores para reaccionar como perros guardianes ante cualquier crítica. Cuestionar al poder de turno equivalía automáticamente a convertirse en enemigo. No importaba si las denuncias tenían sustento, si existían pruebas o si la corrupción era demasiado evidente. Lo importante era salir a ladrar primero y pensar después.
En épocas pasadas existían los famosos “llamadores”. Eran operadores cuya tarea consistía en telefonear a radios y medios de comunicación para hablar maravillas de intendentes o desacreditar denuncias sobre negociados, irregularidades y saqueos institucionalizados. Algunos actuaban por militancia, pero la mayoría lo hacía porque el salario, el contrato o algún favor dependían de ello. Defender al patrón político era casi un requisito de supervivencia y principal fortaleza de curriculum.
Hoy la metodología cambió, pero la esencia sigue intacta. Los “llamadores” mutaron en posteadores profesionales de redes sociales. Apenas surge una publicación que desnuda corrupciones prietistas, aparece inmediatamente una jauría digital organizada para atacar, insultar y desviar la atención. Ya no importa debatir hechos ni responder cuestionamientos. La prioridad es destruir al que denuncia. Se combate más al mensajero que a la corrupción misma. La misma herramienta del zacariismo, aggiornada por los de Yo creo.
Es el fanatismo del interés el más triste de todos. Porque al menos quien se apasiona por una idea puede alegar ingenuidad o exceso de entusiasmo. Pero quien defiende lo indefendible por un cargo, un salario o migajas del poder, simplemente renuncia voluntariamente a la dignidad.
Convertirse en custodio de aquello que perjudica a la sociedad de la que también forma parte, es una idiotez.
La torpeza del fanático interesado radica en creer que proteger corruptos lo convierte en parte del poder, cuando en realidad apenas es utilizado como escudo descartable. Idiota útil.
Los gobiernos pasan, los intendentes cambian, los colores políticos se reciclan, pero quienes actuaron como mercenarios de la mentira quedan marcados por haber intentado justificar lo injustificable.
Una sociedad madura necesita críticos, no chupamedias pagados. Necesita ciudadanos capaces de exigir transparencia incluso a aquellos dirigentes por quienes votaron.
El fanático, entrega su criterio a cambio de pertenencia o beneficio. Y cuando una comunidad pierde la capacidad de cuestionar a sus autoridades, la corrupción deja de ser excepción para convertirse en sistema.
Defender ideas es legítimo. Defender corrupción por conveniencia es simplemente degradarse.
