El escándalo en torno al senador Hernán Rivas, antes que centrarlo en un solo contexto, debería generar un debate necesario sobre el valor real de la formación universitaria en el Paraguay. La discusión quedó demasiado fijada en si existió o no un título, si la documentación era válida o si el legislador concluyó formalmente una carrera. Pero el problema de fondo es bastante más grave.
Aun dando por hecho que Rivas haya cursado materias, asistido a clases y obtenido algún tipo de formación, la percepción general que deja es la de una persona con severas limitaciones para expresarse, argumentar y comprender cuestiones elementales del ámbito legislativo y jurídico. Es decir, incluso suponiendo que tenga formación universitaria, su desempeño público expone la realidad que en Paraguay abundan los titulados que parecen no haber adquirido ni siquiera herramientas mínimas de razonamiento, cultura general e incluso sentido común.
Ese es el verdadero problema. No se trata solamente de un eventual título irregular, sino de la proliferación industrial de profesionales mediocres. Personas que pasaron por universidades, rindieron exámenes, presentaron trabajos y recibieron diplomas, pero que fuera de ese papel apenas logran diferenciarse de alguien sin formación alguna.
El país produce abogados que no saben argumentar, médicos incompetentes, ingenieros que improvisan, docentes que apenas comprenden lo que enseñan, periodistas sin lectura comprensiva y administradores que no podrían organizar ni una despensa familiar. Y el drama es que muchos de ellos no son la excepción, sino parte de una regla cada vez más extendida.
Existe una peligrosa naturalización de la mediocridad académica. Se confunde masividad con progreso, cantidad con calidad y acceso con excelencia. Si no se exige rigor, entonces solo se industrializa la impericia y negligencia.
Las llamadas “universidades de garaje” no aparecen por generación espontánea. Existen porque alguien las habilita, las tolera y avala. Existen porque hay autoridades educativas que permiten que funcionen como fábricas de títulos rápidos, cómodos y vacíos. Existen porque hay estudiantes que buscan el camino fácil, docentes que aceptan el deterioro y políticos que prefieren ignorantes ciudadanos antes que personas formadas para pensar.
También existe una enorme hipocresía social. Muchos de los que hoy se escandalizan por la figura de Hernán Rivas son los mismos que en algún momento buscaron universidades donde “no se exija demasiado”, donde se pueda aprobar con poca asistencia, con trabajos copiados y exámenes simplificados. Se critica al producto final, pero se aplaude el sistema que lo produce cuando conviene.
Cuando una facultad decide aumentar la exigencia, controlar la asistencia, endurecer evaluaciones o expulsar a quienes no alcanzan el nivel mínimo, inmediatamente aparecen las quejas. Los alumnos protestan, los padres reclaman y hasta algunos sectores políticos presionan. Todos quieren profesionales competentes, pero pocos están dispuestos a atravesar el esfuerzo necesario para formarlos.
La lógica simple: docentes mediocres formando alumnos mediocres, que mañana serán profesionales mediocres y eventualmente nuevos docentes mediocres. Así se construye una cadena interminable de insuficiencia, donde cada generación empeora un poco más a la siguiente.
Paraguay necesita discutir seriamente qué clase de formación universitaria está ofreciendo. Debe revisar mecanismos de habilitación, acreditación y control de las instituciones de educación superior.
El problema no es solo Hernán Rivas. El problema es la enorme cantidad de “Rivas” que existe en oficinas públicas, empresas privadas, hospitales, estudios jurídicos, medios de comunicación, escuelas y universidades. Personas con cartón, pero sin capacidad. Con título, pero sin criterio ni ética.
