Cada lluvia en Ciudad del Este deja al descubierto que la precariedad del sistema de desagüe pluvial no es una fatalidad natural, sino el resultado de años de desidia, improvisación y prioridades mal establecidas. Lo del desagüe cloacal ni que decir.
Los raudales que se convierten en ríos descontrolados en calles céntricas y avenidas barriales no son una postal inevitable, sino el síntoma visible de una ausencia prolongada de planificación seria.
No se trata de obras faraónicas ni de promesas de campaña con cintas para cortar. Se trata de lo básico. De aquello que define si una ciudad funciona o apenas sobrevive.
El drenaje adecuado de las aguas, tanto pluviales como residuales, es una condición mínima de dignidad urbana, de salud pública y de seguridad para los ciudadanos.
Si se sigue así, es porque los referentes trataron lo básico como un asunto secundario.
Las autoridades actuales tienen la responsabilidad ineludible de encarar soluciones concretas, sostenidas y técnicamente solventes. Pero también los futuros referentes deben entender que no heredarán simplemente un problema, sino el juicio ciudadano sobre su capacidad de resolverlo.
En política, la calidad de gestión no se mide por discursos o likes en redes, ni por obras de impacto visual efímero, sino por la eficacia en garantizar servicios esenciales.
La infraestructura de desagüe no genera aplausos inmediatos ni titulares rimbombantes, pero define con precisión la seriedad de una administración. Allí donde se invierte con criterio, las lluvias dejan de ser amenazas y pasan a ser parte del ciclo natural. Allí donde se posterga, el agua se encarga de recordar, con crudeza, las falencias de quienes gobiernan.
Persistir en la postergación de este problema es optar por la mediocridad. Es aceptar que cada tormenta sea una amenaza, cada calle un cauce improvisado y cada barrio una zona de riesgo.
La capital del Alto Paraná no puede seguir normalizando el colapso de su infraestructura básica como si fuese parte de su identidad y que es responsabilidad de otros.
Dar prioridad a lo prioritario implica dejar de lado la indiferencia y asumir que el verdadero desarrollo empieza por lo elemental.
Y aquí es fundamental que la ciudadanía deje de ser espectadora, y solo se queje en redes sociales. Ahora que los pre-candidatos están de amores con la ciudadanía, sería bueno conocer planes y proyectos sobre el punto, y no “volar” con ideas imposible y teleféricos de papel.
El desagüe no es una obra más, es una obligación. Y su ausencia, una condena que ya ha durado demasiado. Mientras, el Este seguirá siendo una metrópolis con cimiento de pueblito, y lógicamente con autoridades que solo están aptas para manejarse dentro de la pequeñez intelectual, moral y de gestión.
