Cada 12 de junio, el Paraguay recuerda la firma del Protocolo de Paz del Chaco de 1935, que puso fin a la guerra, una de las más cruentas contiendas del siglo XX en Sudamérica. Esta fecha no solo representa el cese de las hostilidades entre Paraguay y Bolivia, sino que también enfatiza el temple, la valentía y el patriotismo del pueblo paraguayo, que pese a los innumerables problemas internos, supo defender palmo a palmo su heredad en una lucha desigual. Marcado más por el coraje antes que por los recursos.
El conflicto chaqueño fue una epopeya en la que la nación paraguaya demostró, una vez más, su férrea voluntad de sobrevivir y prevalecer.
Episodios como la defensa de Nanawa, la victoria en Campo Vía o la épica resistencia en El Carmen, dejaron al descubierto no solo la capacidad estratégica de nuestros mandos militares, sino, sobre todo, el espíritu indomable del combatiente paraguayo. Soldado que enfrentó al calor abrasador, la sed inhumana, la falta de tecnología y el aislamiento geográfico con la entereza que solo puede nacer del amor a la patria.
En el presente, cuando la historia ya se ha asentado en los libros y los últimos sobrevivientes de aquella gesta heroica apenas quedan con vida, si no ya todos descansando en la paz de los justos, es deber de esta generación conservar con celo la memoria de lo que fue y significó la Guerra del Chaco.
El recuerdo de esta disputa a muerte no puede ser una efeméride más en el calendario, sino una semilla viva de conciencia nacional, del valor genético de los nacidos en esta bendita tierra.
Cada ciudadano, desde su lugar, y muy especialmente quienes ejercen funciones de liderazgo político, tienen el deber ineludible de honrar a quienes dieron su sangre por esta tierra. No solo con palabras o monumentos, sino con acciones concretas que protejan la soberanía, fortalezcan la unidad nacional y sirvan con lealtad a la causa del bien común.
Seguir deshonrando ese legado es traicionar a quienes ofrecieron su juventud y su vida para que hoy podamos llamarnos tierra soberana.
La sangre derramada en el Chaco forjó el carácter de una nación que, aunque pequeña en territorio y recursos, es inmensa en dignidad y valentía. Al menos en aquellos tiempos.
Que el mensaje de esos años duros no se pierda en el olvido ni se diluya en la indiferencia oficial. Porque mientras la memoria del Chaco se mantenga viva, también lo estará el legado de nuestros héroes.
Una estirpe que no se rinde, una raza guaraní que sabe que su destino es vencer o morir, no puede ser desmemoriado e injusto.
Rendir homenaje a aquellos que defendieron la patria con honor, debe darse con renovación del compromiso de mantener viva su historia, como una lección permanente para nosotros y para las generaciones venideras. Replicar como pueblo esa valentía en la lucha contra los males presentes de la corrupción, la impunidad, la falta de representación genuina ante estamentos de poder, es una de las maneras necesarias de homenajear a los héroes nacionales. La cobardía por acomodo, y desinterés, no es del paraguayo,
