La vida moderna nos obligó en especializarnos a tolerar el agotamiento emocional permanente como algo propio de la humanidad. Las malas noticias se consumen en tiempo real, los conflictos sociales y políticos se reproducen sin descanso, las preocupaciones económicas se instalan como rutina y el pesimismo encuentra terreno fértil en una ciudadanía cansada de sobrevivir más que de vivir. En medio de semejante saturación mental, el ser humano necesita válvulas de escape para conservar algo de equilibrio emocional y si se quiere cordura.
Y no, no se trata necesariamente del viejo y cuestionado “pan y circo”, utilizado históricamente para distraer a los pueblos de sus problemas reales. Se trata más bien de comprender que ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre frustraciones, tensiones y desencantos.
La mente humana requiere pausas, pequeños espacios de esperanza colectiva, momentos en los que pueda reencontrarse con emociones positivas que la alejen, aunque sea brevemente, de la pesada carga cotidiana.
En ese contexto, la participación de la selección paraguaya en el mundial de fútbol genera algo que pocas cosas consiguen actualmente: una sensación de unidad, quizás efímera y circunstancial, pero unidad en fin. Durante noventa minutos, desaparecen por instantes las diferencias partidarias, sociales o ideológicas. Todos desean lo mismo. Todos sufren lo mismo. Todos celebran lo mismo. El fútbol, tan menospreciado por algunos sectores intelectuales como una cuestión baladí, termina convirtiéndose en un lenguaje común que conecta emocionalmente a millones de personas.
La psicología social explica que los individuos necesitan mecanismos de identificación colectiva para fortalecer su sentido de pertenencia. Sentirse parte de algo más grande ayuda incluso a disminuir sensaciones de aislamiento, ansiedad y desesperanza. Por eso los símbolos compartidos, como una selección nacional, poseen una fuerza emocional difícil de dimensionar desde la frialdad de ciertos análisis.
A nivel sociológico ocurre algo similar. Las sociedades necesitan rituales colectivos que permitan canalizar tensiones y renovar expectativas. El deporte cumple parcialmente ese papel. No resuelve el desempleo, no combate la corrupción, no mejora hospitales ni arregla calles destruidas, pero sí ofrece un respiro emocional en medio de una realidad asfixiante. Y en ocasiones, un respiro vale mucho más de lo que algunos están dispuestos a admitir.
La felicidad también es una necesidad humana. No como estado permanente, porque eso es imposible, sino como experiencia intermitente que permita recuperar energías para continuar enfrentando las dificultades de la vida. La ciencia psicológica sostiene incluso que los momentos de alegría compartida fortalecen vínculos sociales, mejoran estados de ánimo y ayudan a reducir niveles de estrés acumulado.
Quizás por eso, cuando Paraguay juega un mundial, y en este caso luego de 16 largos años, el país entero parece permitirse una tregua emocional. Una pausa breve. Un alivio temporal. La ilusión de sobresalir ante el mundo, de volver a sentirse competitivo, de identificarse con la lucha y el esfuerzo de quienes representan la bandera nacional.
De hecho quizás ni por asomo cambie la realidad de fondo. Tal vez al día siguiente regresen los mismos problemas de siempre. Pero incluso así, el ser humano necesita esos pequeños instantes de felicidad colectiva para no acostumbrarse únicamente al desencanto.
Una sociedad que pierde totalmente la capacidad de ilusionarse, termina resignándose peligrosamente a la tristeza como forma permanente de existencia. Las dichas suelen ser simples, pero fundamentales.
