Hay indignaciones que son muy legítimas. Nadie puede cuestionar que la soberbia, el desprecio o los gestos de superioridad de una figura pública extranjera, más aún cuando ocurren en un escenario deportivo internacional, generen molestia entre quienes sienten orgullo por su país. Sin embargo, existe una frontera que jamás debería cruzarse cuando se trata de defenderse. Es la que separa la defensa de la dignidad nacional del insulto racial, la discriminación y el odio. Cuando esa línea desaparece, al menos en este tiempo, el patriotismo deja de ser una virtud para convertirse en un simple disfraz del exabrupto.
Las descalificaciones físicas y raciales lanzadas contra Kylian Mbappé no representan al Paraguay. Mucho menos cuando son pronunciadas desde una banca legislativa, cuya investidura exige mesura, responsabilidad y ejemplo. Responder a una inconducta con otra todavía más degradante no reivindica a la nación. Solo demuestra pobreza argumentativa y una preocupante incapacidad para diferenciar firmeza de vulgaridad.
Resulta llamativo que algunos descubran un fervor patriótico incontenible únicamente cuando un personaje extranjero incurre en una actitud reprochable. Poco o nada se los escucha cuando se trata de reclamar con igual vehemencia por las ignominias históricas sufridas por el Paraguay por parte de naciones vecinas, por las injusticias diplomáticas que aún permanecen sin reparación o por las permanentes desigualdades que padecen miles de compatriotas.
Tampoco abundan los discursos chonivistas cuando el derroche de recursos públicos, los privilegios obscenos y la ostentación de riquezas adquiridas al amparo del Estado restriegan en el rostro de los paraguayos las profundas carencias materiales que aún persisten. Ser “abuela de Barbie” exhibiendo riquezas, es también ofensivo.
Es mucho más cómodo indignarse contra alguien que vive a miles de kilómetros que hacerlo contra la pobreza instalada al lado de la mansión propia, construida durante décadas gracias al dinero del contribuyente. Ese patriotismo selectivo suele ser el refugio preferido del populismo, porque ofrece aplausos inmediatos sin exigir soluciones reales. Mientras se alimenta la confrontación en las redes sociales, permanecen intactos los problemas que verdaderamente deterioran la calidad de vida de los ciudadanos.
Existe además un aspecto que pocos consideran. Cientos de paraguayos viven, estudian y trabajan en Francia y en muchos otros países. Son ellos quienes terminan soportando las consecuencias de los discursos irresponsables pronunciados por quienes ocupan cargos públicos para satisfacer ego. La xenofobia nunca es un fenómeno aislado; el odio genera más odio. Una agresión verbal pronunciada desde una autoridad política puede convertirse en combustible para nuevas expresiones de discriminación contra compatriotas que nada tuvieron que ver con la polémica.
Defender al Paraguay exige inteligencia, altura y convicciones. El orgullo nacional no necesita insultos raciales para sostenerse ni ataques personales para demostrar firmeza. El verdadero patriotismo consiste en honrar al país con argumentos, con educación y con la capacidad de exigir respeto sin perder la propia dignidad. Todo lo demás es populismo envuelto en los colores de la bandera.
La investidura obliga, aunque algunos parezcan olvidarlo. Porque la educación no la concede el cargo, ni la elegancia la otorga el poder. Al final, una mona sigue siendo mona, aunque se vista de seda.
