Falla paternal

Todo 1 de junio se conmemora el Día Internacional de las Madres y los Padres instituido por Naciones Unidas. La fecha es, o debería ser,  útil para examinar aquello que no se está haciendo bien en algo absolutamente fundamental.

Ser padre o madre no es solamente una condición biológica. Es una responsabilidad permanente, como vocación de servicio que exige presencia, sacrificio, ejemplo y coherencia. Y precisamente allí es donde nuestra sociedad enfrenta uno de sus mayores desafíos desde hace décadas.

Vivimos tiempos donde abundan las explicaciones para justificar ausencias y argumentos de una superficialidad hecha costumbre. El trabajo absorbe jornadas enteras, las redes sociales secuestran la atención, el entretenimiento se ha convertido en refugio constante y el cansancio es  la excusa universal para eludir obligaciones fundamentales. Sin embargo, ninguna de esas razones puede reemplazar la tarea esencial de formar personas.

La construcción de valores no se delega. No la puede hacer una pantalla, tampoco una institución educativa por sí sola. Los principios se enseñan viviéndolos. La honestidad se aprende observando conductas honestas. El respeto se adquiere viendo respeto. La responsabilidad se transmite cuando los hijos observan padres responsables.

Resulta llamativo que muchas personas posean una extraordinaria capacidad para identificar las falencias de gobernantes, jueces, legisladores, empresarios o autoridades de cualquier naturaleza. Detectan rápidamente la corrupción ajena, denuncian injusticias y cuestionan la falta de compromiso de terceros. Es evidente entonces que la capacidad de discernimiento existe. El problema no parece estar en una desconexión fisiológica con el cerebro, sino en la escasa voluntad de aplicar ese mismo rigor crítico a las propias responsabilidades dentro del hogar.

Mientras tanto, la desidia parental continúa expandiendo sus consecuencias nefastas. La procreación irresponsable, la ausencia cada vez más frecuente de verdaderos referentes paternos y maternos, y la sustitución de la presencia afectiva por bienes materiales, están dejando profundas heridas en generaciones enteras. La falta de amor propio, la ansiedad extrema, la depresión, la sensación de abandono y el vacío existencial no aparecen por generación espontánea. Muchas veces encuentran sus primeras raíces en hogares donde faltó atención, acompañamiento y contención de papá y mamá.

Por supuesto que existen factores externos que afectan a la sociedad. Pero sería un grave error ignorar que los problemas colectivos suelen comenzar en espacios íntimos. Antes de las crisis institucionales aparecen las crisis familiares. Antes de la degradación social se debilitan los vínculos fundamentales. Antes de exigir mejores ciudadanos debemos formar mejores hijos, y para ello se necesitan mejores padres.

Por eso, además de indignarnos por campañas publicitarias de tintes xenófobos, discursos de odio o decisiones equivocadas de autoridades públicas, convendría preocuparnos por algo aún más cercano y determinante que es el quiebre de los deberes básicos dentro del hogar.

No hay nación que construya patriotismo sobre familias fracturadas por la indiferencia. Ninguna comunidad alcanza cohesión social cuando los niños crecen sintiéndose abandonados, y no existe proyecto colectivo que prospera cuando quienes tenían la misión de formar personas renuncian a ella por comodidad o apatía.

El Día Internacional de las Madres y los Padres debería ser una invitación a la reflexión profunda. El principal problema de la sociedad no siempre nace en las instituciones. Con demasiada frecuencia nace en casa.

Recuperar la convicción de que criar correctamente a un hijo sigue siendo uno de los actos más trascendentes y patrióticos que una persona puede realizar. Mucho más que destruir carteles.