Toda preocupación, cuando es genuina, debe ser integral. Cuando es selectiva, en cambio, pareciera más vinculada a intereses, oportunismos o, en el mejor de los casos, una alarmante falta de coherencia.
En estos días, ciertos actores mediáticos, sociales y políticos han elevado su voz con tono casi apocalíptico, ante la recepción de personas deportadas desde los Estados Unidos, en el marco de acuerdos bilaterales. Se habla de riesgos, de amenazas latentes, de eventuales impactos sociales. Todo válido, si no fuera por el silencio estruendoso que acompaña a otros fenómenos mucho más arraigados y voluminosos.
Resulta, cuanto menos, llamativo que se sobredimensionen escenarios hipotéticos asociados a la llegada de unos pocos extranjeros por decisión de un tercer país, mientras se ignora la realidad sostenida de presencia masiva y creciente de ciudadanos brasileños, particularmente en zonas de frontera.
Una realidad dinámica que, lejos de ser nueva, ha configurado territorios con lógicas propias, donde la institucionalidad nacional muchas veces queda diluida. Pero pocos de esos profetas del apocalipsis lo mencionan.
No se trata de instalar un discurso xenófobo ni de demonizar la presencia extranjera. Paraguay ha sido históricamente tierra de acogida, y ello constituye un valor que debe preservarse. Sin embargo, la hospitalidad no puede ser sinónimo de descontrol. La inmigración, en cualquiera de sus formas, requiere reglas claras, controles efectivos y una política seria que trascienda coyunturas y titulares.
La omisión selectiva de ciertos sectores frente a problemáticas estructurales, mientras se exacerban otras de menor escala o probabilidad, no contribuye al debate serio. Más bien lo distorsiona. Si preocupa la eventual llegada de personas deportadas, y debería ocupar a las autoridades en términos de previsión y control, con mayor razón debería inquietar la ausencia de filtros rigurosos en otros flujos migratorios que, en los hechos, ya están generando tensiones sociales, económicas y culturales en distintas regiones del país.
El desafío, entonces, no es cerrar puertas ni levantar muros retóricos, sino ordenar la casa. Garantizar que quienes ingresan lo hagan en el marco de la legalidad, con fines lícitos y bajo condiciones que no vulneren el equilibrio social.
Ni el alarmismo selectivo ni la indiferencia conveniente son caminos válidos.
La política migratoria no puede ser rehén de agendas parciales ni de conveniencias discursivas. Requiere seriedad, continuidad y, sobre todo, coherencia. La permeabilidad de las fronteras nacionales, es elemento suficiente para que “cualquiera” se haga residente paraguayo, no únicamente “Ronaldinho”, siendo tan necesario fortalecerse lo que ya se tiene como norma.
Cuando la preocupación es auténtica, no elige a qué fenómeno mirar y a cuál darle la espalda. La clase política es la que intenta dar focos subjetivos a cuestiones que requieren análisis general y objetivo. El ciudadano no debe caer en esa trampa del análisis simplista e interesado.
