En su más reciente mensaje a la humanidad, el Papa León XIV ha apelado al amor como el único antídoto capaz de frenar la epidemia del egoísmo, las guerras fratricidas y la creciente ola de feminicidios que desangra comunidades en distintos rincones del mundo y puntualmente en nuestro país.
No se trata de una expresión meramente piadosa ni de una abstracción romántica, propia de homilías. Se refiere a una exhortación profundamente política y ética, que interpela especialmente a los responsables de gobernar, legislar y administrar justicia.
Cuando el Santo Padre habla de amor, no lo hace en el sentido trivial con que suele diluirse la palabra en discursos vacíos o consideraciones plenamente religiosas desde púlpitos. El amor, en la perspectiva manifestada del Sucesor de Pedro, es acción concreta. Es ejercicio celoso del deber por parte de quienes tienen en sus manos la custodia de los bienes jurídicos como la vida, la dignidad, la libertad y la igualdad ante la ley. El amor es cumplimiento riguroso y justo de las normas, no su manipulación según conveniencias o intereses espurios.
El amor al que hizo mención León XIV, también implica empatía real de los titulares de los poderes del Estado. ¿Cuánto en verdad escuchan los poderosos el clamor de las madres que han perdido a sus hijas a manos de feminicidas? ¿Cuánta cercanía manifiestan ante las familias sumidas en la desesperanza por la inseguridad o la pobreza material? Amar al prójimo, en el terreno de la administración pública, es obrar con voluntad firme de transformar estructuras injustas, de garantizar oportunidades, de proteger a los más vulnerables.
En Paraguay, esta exhortación papal es una interpelación tanto en lo moral como en lo político. La violencia de género no cede, la corrupción es galopante y debilitante de la institucionalidad, y los privilegios de unos pocos siguen postergando el bienestar de la mayoría.
Nuestras autoridades deben comprender que gobernar con amor no es debilidad o repetir cursilerías, sino fortaleza espiritual y cívica para hacer lo debido siempre. Que aplicar las leyes con integridad, cuidar al pueblo con esmero, y gobernar con humildad son actos de amor verdadero y requerido para “curar” el veneno de la inmoralidad en el manejo de la cosa pública.
El Papa no clama por sentimentalismo, clama por una revolución moral basada en el amor que transforma la realidad, el que hace el bien.
Si se sigue ignorando a este amor fundamental y la misma ciudadanía no está dispuesta a encarnar decisiones que sumen para el bienestar general, habrá veneno corriendo por sociedades, fortaleciendo miserias y padecimientos humanos innecesarios.
Hay antídoto para desterrar de nuestras comunidades el egoísmo, la violencia y la muerte. Resta por asumir praxis del “deber ser”, sin titubeos.
