Educación sexual debida

Los números son irrefutables y, en Paraguay, pese al presente tiempo de imperio de la información y de la tecnología, las cifras de embarazos en adolescentes siguen siendo alarmantes. Cada año, miles de niñas y jóvenes se convierten en madres prematuramente, en muchas de las veces tras experiencias de abuso o por la combinación peligrosa de desinformación, negligencia y ausencia de orientación.

Este fenómeno fuera de su tiempo, más que una estadística, es un reflejo doloroso de fallos múltiples que van desde el hogar, el sistema educativo,  y de la misma sociedad entera.

No se trata simplemente de una cuestión de salud pública, sino de un drama humano que carga sobre espaldas, aún infantiles, el peso de una responsabilidad que no les corresponde. Porque cuando una menor de edad gesta y cría a un hijo, el impacto negativo no solo afecta su propio desarrollo físico, emocional y educativo, sino también las oportunidades y el bienestar del nacido. No se considera a un niño por nacer como un error o fruto de ello, sino como una responsabilidad que debe ser custodiada en su debida dimensión.

La maternidad precoz condiciona la vida de ambos desde el inicio, generando un círculo de vulnerabilidad difícil de romper, y por lo general de padecimiento para el menos culpable de todos.

Es urgente hablar de educación sexual integral. Pero con claridad, no aquella tergiversada que confunde a los padres y que, lejos de prevenir, parece alentar la sexualización precoz. No. La educación sexual que hace falta es la que enseña a cuidar la dignidad, a comprender el valor del propio cuerpo, a decir no, a protegerse, no saltarse etapas. Una formación que parta del respeto a uno mismo y a los demás, y que prepare a las niñas, sobre todo, para entender que la maternidad no es juego de infancia, ni puede ser su destino impuesto.

La falta de diálogo en las familias, el abandono afectivo de muchos padres, y la permisividad silenciosa ante vínculos impropios o entornos inseguros, también tienen responsabilidad en este problema. No se puede seguir eludiendo el tema como si fuera tabú, mientras niñas de 12, 13 o 14 años se ven empujadas a una adultez para la cual no están listas.

Niños cuidando de niños nunca ha sido una ecuación con buen pronóstico, por el contrario, más bien, es una receta para fortalecer cadenas de pobreza, exclusión y dolor. Además, representa una carga social creciente, pues niños que dejan la escuela, jóvenes madres sin horizonte, abuelos forzados a asumir roles parentales por segunda vez, y un sistema que no da abasto para asistir como se debe a ninguno, no son asuntos para aplaudir.

La situación debe ser encarada con seriedad preventiva. Se requiere fundamentalmente voluntad política, un compromiso educativo fuera de dogmas limitantes, y primordialmente presencia real de la familia, y una sociedad dispuesta a proteger a sus niñas. Cada embarazo precoz, es, en el fondo, un fracaso colectivo en el debido cuidado de la sexualidad de menores de edad.