La política tiene como componente de praxis, el ejercicio permanente de buscar acuerdos entre personas, sectores e intereses diferentes. Pocos grupos humanos en sociedad pueden avanzar si quienes tienen responsabilidades de representación entienden que sus propias ideas son las únicas válidas y que ceder posiciones significa perder. Los consensos no nacen de la ausencia de diferencias, sino de la capacidad de reconocer que existen objetivos superiores que requieren dejar de lado intereses particulares.
Acordar posturas, decisiones o establecer alianzas responde a la necesidad fundamental de sumar fuerzas para alcanzar resultados que individualmente serían imposibles. En democracia, las alianzas permiten construir mayorías, dar estabilidad a los gobiernos, impulsar reformas y representar de mejor manera las demandas ciudadanas. Pero para que sean verdaderas herramientas de transformación necesitan basarse en confianza, madurez y capacidad de renuncia.
En Paraguay, la dificultad para construir acuerdos políticos se evidencia especialmente en los sectores opositores al Partido Colorado, donde hace años se habla de concertaciones, alianzas y grandes entendimientos para enfrentar electoralmente al oficialismo. Sin embargo, esos discursos suelen encontrar el obstáculo recurrente de incapacidad de muchos dirigentes de aceptar que una alianza implica compartir espacios, reconocer liderazgos ajenos y abandonar aspiraciones personales. Es complicado concertar egos.
Todos hablan de unidad, pero pocos parecen dispuestos a practicarla. Muchos quieren alianzas, siempre que sean alrededor de su propia figura, sus propias condiciones y sus propios intereses. La construcción colectiva termina chocando contra egos desmesurados de referentes que se autoproclaman imprescindibles, como si el país estuviera obligado a esperar sus iluminaciones individuales.
Existe además una peligrosa apropiación de una supuesta superioridad moral que lleva a algunos actores políticos a observar al resto desde arriba, como si fueran dueños exclusivos de la honestidad, la capacidad o la renovación. Esa mirada de desprecio hacia los demás es una contradicción, porque quienes pretenden representar el cambio deberían demostrar primero capacidad para convivir con las diferencias.
Hay liderazgos cuyo ego alcanzan una dimensión tan exagerada, que terminan anulando la capacidad de análisis. Una especie de “obesidad” política que impide distinguir entre ambición legítima y vanidad personal. El problema no es aspirar a gobernar; el problema es creer que el cargo es una consecuencia natural del propio convencimiento de grandeza.
Si no se es capaz de construir acuerdos, y solo se es especialista en encontrar defectos ajenos mientras minimizan sus propios errores, entonces no se es más que líder en un gallinero.
Juzgar permanentemente los pecados de los adversarios, exagerar sus fallas y justificar las propias prácticas cuestionables no representa necesariamente una alternativa.
La renovación política implica cambiar formas de actuar, entender que nadie posee la verdad absoluta y que la ciudadanía está cansada de discursos sin capacidad de construcción.
Paraguay requiere más estadistas, más personas dispuestas a acordar, más genuinos patriotas. Sin ello, ningún conglomerado político es ni será mejor opción.
