Con el calendario electoral ya iniciado prematuramente, vuelven a levantarse las ya conocidas carpas políticas, esos improvisados templos de la “mejor propuesta” donde, curiosamente, siempre predican los mismos apóstoles, fariseos del fracaso.
Bajo “lonas nuevas” se esconden rostros viejos, gastados por denuncias, sospechas y un prontuario administrativo que difícilmente resista una auditoría seria. Sin embargo, se insiste, con tremendo “tova atã” en presentarlos como la solución a los males de Ciudad del Este.
La supuesta oferta electoral municipal no es más que un ejercicio burdo de persuasión. Discursos ensayados, promesas recicladas y un populismo que ya no emociona ni a los propios militantes. Se habla de cambio, pero se convoca a protagonistas directos del estancamiento; se promete transparencia, mientras los contendores cargan denuncias por irregularidades en casi todos los ámbitos posibles. Los que ya están en cargos tienen denuncias por licitaciones amañadas y uso discrecional de recursos públicos. La incoherencia es tan evidente que roza la burla al elector.
Lo más preocupante no es solo la mediocridad de la oferta, sino la subestimación de la ciudadanía. Se asume que el votante olvida, que la memoria es corta y que basta una carpa, un escenario y algunas bolsas de promesas para borrar prontuarios. Pero la capital departamental ya pagó demasiado caro esa ingenuidad forzada. El hartazgo es palpable y el descreimiento crece porque, elección tras elección, se insiste en lo mismo esperando resultados distintos.
Ante este panorama, urge plantear con claridad qué debería reunir un verdadero candidato a la intendencia municipal. No como consigna vacía, sino como parámetro mínimo para una comunidad que exige progreso real.
Un buen candidato debe contar, en primer lugar, con honorabilidad comprobada, no declamada. Sin causas pendientes, sin sombras administrativas, sin explicaciones rebuscadas sobre su pasado o presente público. La ética no puede ser una promesa de campaña, debe ser un antecedente verificable.
Debe poseer capacidad técnica y de gestión, conocer el funcionamiento municipal, entender de planificación urbana, finanzas públicas y administración moderna. Gobernar una ciudad compleja como Ciudad del Este requiere preparación, equipos idóneos y visión estratégica.
Es imprescindible también la independencia de las mafias partidarias y económicas que históricamente han secuestrado la institución municipal. Un intendente sometido a padrinos políticos o financistas oscuros está condenado a repetir el ciclo de corrupción y parálisis.
Finalmente, debe existir un compromiso real con la ciudadanía, expresado en cercanía, rendición de cuentas y apertura al control social. Gobernar no es mandar, es administrar lo que pertenece a todos, con responsabilidad y transparencia.
El Este no necesita salvadores de carpa ni falsos mesías reciclados. Necesita gestión seria, decencia pública y liderazgo honesto.
