Amores efímeros

La política esteña vuelve a exhibir uno de sus vicios más recurrentes, relacionadas a la hipocresía acompañada de una memoria tan corta como conveniente.

Referentes que hasta ayer se proclamaban compañeros de ruta, aliados estratégicos y líderes de la “lucha democrática”, pasan, de la noche a la mañana, o más precisamente, desde el momento en que dejan de obedecer o deciden dar un paso al costado, a ser tratados como parias, inservibles y carentes de todo peso político.

No solo en cuestiones de parejas sentimentales hay amores efímeros, y si bien el fenómeno no es nuevo, es cada vez más burdo. En Ciudad del Este, ejemplos concretos de militancia, sacrificio y construcción democrática son arrojados sin pudor al basurero del relato oficial cuando se atreven a cuestionar lo que ciertos “aprendices” hacen mal en materia de gestión, transparencia y manejo de la cosa pública. No es que se castigue una traición; se castiga la incomodidad de quien señala errores que no pueden ni quieren corregir.

Ese es, en esencia, el verdadero motivo de los enojos repentinos y las rupturas estridentes. No se trata de principios, ni de diferencias ideológicas profundas, sino del viejo y conocido apetito por una mayor tajada de espacios, cargos y beneficios que el poder, cuando se ejerce sin controles, permite abusar.

Quien no se presta al silencio cómplice, pasa automáticamente a engrosar la lista de “enemigos”. Quien cuente la versión total de la historia es servil a opositores, quien muestre pruebas palpables del robo de la cosa pública en el municipio, es uno de los guiados por satanás. ¡Pero qué fácil!

Así, la política local se convierte en un escenario de afectos fugaces y lealtades descartables. Hay pruebas anteriores y presentes de este asunto minimizado por afines y magnificado por detractores.

Los abrazos duran lo que dura la utilidad, y la gratitud es una palabra ausente en el diccionario de los oportunistas. Esta es una realidad que ni siquiera los “perros” del oficialismo local pueden desmentir con argumentos verosímiles.

En este juego, los mercenarios políticos confunden conducción con sometimiento, y liderazgo con reparto de favores.

La ciudadanía haría bien en observar con atención estas conductas que no son poca cosa, pues muestra con meridiana claridad verdades.

Donde los amores políticos son tan efímeros, lo único permanente suele ser el interés personal. Cuando la memoria se usa solo para conveniencia propia, la democracia termina pagando el precio de la hipocresía.

Lo contemporáneo de conductas y posiciones de referentes, confirman que lo vicioso, lo detestable y la codicia, no han sido solo asuntos del coloradismo nefasto, sino de quienes juran que son baluartes de lo correcto, siendo lo mismo.