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Miércoles, 9 de septiembre de 2026 Ciudad del Este, Py 24°C
Editorial

Mucho más que sensación

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Uno de los mayores males de la sociedad contemporánea no es solamente la corrupción, la mentira o el abuso de poder. Es la mala costumbre de medir esos hechos conforme a conveniencias políticas, económicas o empresariales. El problema no radica únicamente en que existan actos indebidos, sino en la manera descaradamente desigual con que son juzgados por la sociedad y los “paladines de la Justicia”. La selectividad moral se ha convertido en un hábito naturalizado, que ya ni siquiera genera vergüenza. Conglomerados mediáticos, sectores políticos y hasta ciudadanos comunes adoptan posturas radicalmente diferentes ante hechos similares, dependiendo exclusivamente de quién sea el autor. La gravedad ya no se determina por el daño causado, sino por el color partidario, la afinidad ideológica y la utilidad circunstancial.

Qué fácil es evaluar la seguridad de una comunidad desde la comodidad que otorga ser autoridad, sea nacional, regional o local. Afirmar que la inseguridad es mera sensación, es una curiosa teoría que, evidentemente, solo puede sostener quien se desplaza en vehículos oficiales, rodeado de custodios, asesores, operadores políticos y aduladores de ocasión. Para el trabajador que sale antes del amanecer o regresa entrada la noche, la única sensación es la de preguntarse si llegará entero a su casa.

Ciudad del Este y gran parte del Alto Paraná se han convertido en un gigantesco laboratorio donde el delito ensaya nuevas modalidades cada día, mientras las autoridades perfeccionan la especialidad de mirar hacia otro lado. Los robos y asaltos dejaron hace mucho de ser noticias excepcionales para convertirse en parte del paisaje cotidiano. Tan habituales son que ya ni sorprenden; apenas cambian los nombres de las víctimas y el lugar del siguiente atraco.

Resulta llamativo que exista tanta velocidad para inaugurar obritas con discursos, colocar carteles con fotografías sonrientes, multiplicar campañas publicitarias y organizar actos políticos, pero tan poca urgencia para exigir respuestas cuando los ciudadanos son despojados de su patrimonio, de su tranquilidad y, en ocasiones, de la propia vida. La prioridad de los actores políticos locales sigue siendo cuidar la imagen antes que proteger a las personas.

Y mientras la delincuencia amplía su territorio, buena parte de las autoridades municipales y departamentales parecen convencidas de que la seguridad constituye un asunto demasiado incómodo como para ocupar espacio en sus agendas. Es más sencillo debatir acuerdos electorales, organizar festivales, anunciar proyectos que nunca abandonan el papel e insistir en candidaturas futuras que enfrentar el problema que hoy no se interesan en ocuparse.

Quien vive rodeado de guardaespaldas difícilmente comprenda al comerciante que instala la tercera reja en su negocio. Quien jamás espera un colectivo en una parada oscura no entiende el miedo de una madre que vuelve del trabajo. Quien dispone de chofer, combustible pagado por el Estado y un pequeño ejército de perros asalariados difícilmente advierta que existe una ciudad donde el temor es impuesto por bandidos de otros rubros.

Lo paradójico es que, cuando llega el tiempo electoral, todos descubren de golpe los problemas que durante años ignoraron. Aparecen caminando por barrios donde nunca pusieron un pie, prometiendo seguridad, iluminación, cámaras, coordinación institucional y una larga lista de compromisos que suelen durar exactamente lo mismo que la tinta de los afiches. ¿Qué pueden notar desde vehículos polarizados, oficinas climatizadas y el uso indiscriminado del dinero del pueblo?

Lo realmente insoportable es la naturalidad con que muchos dirigentes conviven con el imperio de la criminalidad. Quizás porque también sean ladrones de la cosa pública.

Una sociedad puede tolerar muchas deficiencias, pero difícilmente soporte que el Estado renuncie a garantizar lo más elemental que es la seguridad. Cuando las autoridades dejan de proteger a los ciudadanos para limitarse a protegerse a sí mismas, significa que el poder encontró refugio, mientras la gente quedó librada a su suerte. Y esa, más que una sensación, constituye la más rotunda confesión de fracaso.