Menos bufones, más líderes correctos
La degradación del debate público en un espectáculo de bufonería, es una realidad más visible en tiempos pre-electorales. En lugar de propuestas serias, diagnósticos responsables y liderazgo auténtico, los aspirantes a cargos de relevancia se presentan ante la ciudadanía como actores de una verdadera tragicomedia política, más preocupados por llamar la atención que por demostrar capacidad, honorabilidad y ética.
En Ciudad del Este, esta tendencia resulta particularmente detectable en ciertos precandidatos que, antes que proyectar estatura de estrategas y administradores, parecen optar por el papel de payasos de campaña.
El marketing barato, las escenificaciones exageradas y las frases repetidas pretenden sustituir aquello que realmente debería sostener una candidatura. No hay ideas, preparación y credibilidad. Se sobreactúa demasiado, como si la política fuese un escenario teatral donde la exageración pudiera ocultar la ausencia de contenido y moralidad.
El problema es que ni la parafernalia ni la puesta en escena logran disimular lo evidente. Cuando se raspa la superficie de tanta pose, lo que aparece es una seguidilla de promesas huecas y relatos inflados sobre gestiones que en realidad no pasan de ser “mucho ruido”. Se miente con descaro, se exagera sin pudor y se intenta impresionar a un electorado que, en teoría, ya debería estar cansado de tales representaciones.
La política municipal exige seriedad. La administración de una ciudad compleja y dinámica como la capital del Alto Paraná no puede quedar en manos de improvisados que confunden liderazgo con espectáculo. Gobernar requiere criterio, carácter y responsabilidad; no gesticulaciones, “abrazos”, disfraces mediáticos ni actos de payasería diseñados para las redes sociales.
Por ello, la ciudadanía tiene también una tarea ineludible de despreciar la bufonería como propuesta electoral. Cuando el elector premia el show antes que la capacidad, termina convirtiéndose en cómplice de su propia decepción. El voto debe ser el filtro que expulse del escenario político a quienes degradan la función pública con actuaciones grotescas.
El nivel de algunos precandidatos colorados a la jefatura comunal resulta, francamente, repugnante para cualquier ciudadano que espere algo más de la política que un espectáculo mediocre. Y se hace énfasis en el coloradismo, sencillamente por ser la organización política local que más ruido plantea, no por ser únicos, pues la generalización es imperante en todos los sectores partidarios del Este.
Personajes que jamás deberían tener la consideración del pueblo para dirigir los hilos de la ciudad se esfuerzan por llamar la atención con escándalos como “gestión”, exageraciones y actuaciones caricaturescas para fingir empatía.
La ciudad merece otra cosa. Merece liderazgo verdadero, no personajes “kachiai” con el ego desproporcional; propuestas serias, no libretos de tragicomedia. Y esa diferencia, al final, solo puede marcarla una ciudadanía que se niegue a aplaudir a los payasos en contextos donde lo que necesita con urgencia son de administradores correctos de la cosa pública. De momento, penosamente, solo abundan bufones.
