La decencia debe volver a ser normal
Los sucesivos casos de extrema violencia originados en los cuatro puntos cardinales del Paraguay, y los últimos protagonizados por imberbes en el Este, no son casos aislados o por generación espontánea. Son conductas criminales que se replican, de la casa a la escuela, de la escuela a la sociedad. Que crecen, primero como bromas nefastas, creencias cavernícolas y luego como praxis lúgubre, sin remordimiento pues se asume como normal o repetición de lo que se ve en la casa o grupos de convivencia, para luego crear dolor y muerte.
La violencia no es propia de la naturaleza humana evolucionada, es un rasgo de involucionados, dañados psicológicamente por propios responsables de crianza o por el ambiente.
El causar daño a otro por minucias es una realidad cada vez más visualizada en la comunidad. En el tránsito, en la calle, en las escuelas, en la pareja, en las familias. Se convierte en una epidemia con daños terribles, que solo queda en espanto momentáneo, pues no hay respuesta para contrarrestarla.
Lo más preocupante que la violencia misma, es su repetición constante, su banalización, su aceptación casi resignada como parte del paisaje paraguayo. Y es que hace un buen tiempo ya no se trata de “zonas rojas” ni de “ambientes marginales”. Hoy, la brutalidad se pasea por barrios cerrados, viste uniforme escolar de colegios caros y se expresa con el mismo salvajismo que antes algunos preferían atribuir solo a la pobreza material, a gente con poca instrucción.
Los recientes episodios de violencia entre adolescentes, provenientes de familias de clase media-alta, nos sacuden, no porque sean peores que otros, sino porque nos arrancan la venda cómoda de los prejuicios y de la indolencia.
La violencia no es un problema de clases bajas o de otro continente. Es un fenómeno transversal, profundamente cultivado en hogares donde falta más que dinero. Falta tiempo, límites, ejemplo, y sobre todo, valores que se viven, no los que se dicen o se postean en redes.
Los golpes no empiezan en la calle. Se practican primero en la casa, con gritos normalizados, con pantallas que anestesian, con discursos que relativizan el respeto al otro. En el ambiente donde burlarse del otro es “facha”, donde atacar a no iguales es aplaudible y el bullying es cultura. Se refuerzan en las escuelas, muchas veces más preocupadas por rankings y cuotas que por formar ciudadanos. Y se consolidan en una sociedad que premia el poder aunque venga manchado, que justifica el atropello si el apellido lo respalda, que trivializa el daño si se viraliza en TikTok. Mundo que se crea desde las bases, donde se dejó de proteger la moral y las buenas costumbres. Reina lo material, por sobre apostolados y deberes naturales.
Retomar la normalidad, “como era antes”, no es mera nostalgia por tiempos idos; es urgencia por reconstruir un tejido que se deshilacha por la inobservancia de lo debido. Necesitamos una crianza con presencia, no solo con recursos. Una vivencia auténtica de valores, no discursos decorativos en actos públicos. Y un Estado que deje de mirar para otro lado y asuma el rol que le corresponde, pues a modo de recordatorio, debe ser garantista de entornos protectores, interventor con firmeza, educar con inteligencia y empatía.
La brutalidad no distingue cuentas bancarias, estatus sociales ni religiones. Pero sí se gesta, se permite y se transmite, como un legado perverso, en cada espacio donde deberíamos estar enseñando a convivir.
Ser decente debe volver a ser normal, hay que reconstruir el respeto como norma observable por todos.
