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Editorial

La calidad del voto

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Uno de los mayores males de la sociedad contemporánea no es solamente la corrupción, la mentira o el abuso de poder. Es la mala costumbre de medir esos hechos conforme a conveniencias políticas, económicas o empresariales. El problema no radica únicamente en que existan actos indebidos, sino en la manera descaradamente desigual con que son juzgados por la sociedad y los “paladines de la Justicia”. La selectividad moral se ha convertido en un hábito naturalizado, que ya ni siquiera genera vergüenza. Conglomerados mediáticos, sectores políticos y hasta ciudadanos comunes adoptan posturas radicalmente diferentes ante hechos similares, dependiendo exclusivamente de quién sea el autor. La gravedad ya no se determina por el daño causado, sino por el color partidario, la afinidad ideológica y la utilidad circunstancial.

Este domingo venidero, los afiliados de los diferentes partidos y movimientos políticos tendrán nuevamente en sus manos una responsabilidad mucho más trascendente de lo que algunos creen. Elegir candidatos para pugnar por cargos municipales no debería reducirse a una competencia de fanatismos, simpatías pasajeras, favores recibidos o promesas gastadas. Se trata de decidir quiénes tienen el aval de grupos para administrar recursos públicos, quiénes representarán a la ciudadanía y quiénes tendrán poder directo sobre la vida cotidiana de toda una comunidad.

Cada candidato electo en unas internas refleja inevitablemente a sus afiliados. Refleja el nivel de conciencia política de quienes lo impulsan, los valores que priorizan y también el modelo de sociedad que pretenden construir. Si un partido termina promoviendo a figuras cuestionadas, improvisadas o directamente vinculadas a prácticas corruptas, difícilmente pueda luego fingir “demencia” ante las consecuencias.

Las urnas no fabrican milagros; apenas exponen decisiones.

El coloradismo, el liberalismo, el prietismo o cualquier otra organización política, tienen el derecho legítimo de defender sus ideas y proyectos. Eso forma parte de la democracia. Lo preocupante aparece cuando algunos confunden pertenencia política con obediencia ciega, como si pensar críticamente fuese una traición y no una obligación ciudadana. El fanatismo rara vez construye algo bueno. Normalmente termina justificando lo injustificable y blindando a oportunistas que encuentran en las estructuras partidarias un refugio perfecto para intereses personales.

Pero tampoco corresponde caer en el otro extremo del desprecio absoluto hacia la política o hacia el sentido de pertenencia comunitaria. Ser crítico no convierte a nadie en “apátrida”, del mismo modo que aplaudir todo sin cuestionamientos no transforma automáticamente a nadie en patriota. El verdadero compromiso con la comunidad pasa por elegir con responsabilidad, pensando más allá de conveniencias particulares o enemistades coyunturales.

Las municipalidades representan el espacio más cercano del poder público. Allí se define gran parte de la calidad de vida de la población. Ello se refleja en calles, recolección de basura, ordenamiento urbano, transparencia administrativa, servicios básicos y planificación. Una mala elección termina afectando directamente las posibilidades de progreso de todos, incluso de aquellos que ni siquiera participaron de las internas.

Resulta indispensable que los afiliados voten priorizando capacidad, honorabilidad y vocación de servicio. No basta con candidatos expertos en “abrazos” fingidos, discursos grandilocuentes, transmisiones en redes sociales o victimismos estratégicos. Las ciudades necesitan administradores serios, no celebridades payasescas, ni fabricantes profesionales de excusas.

La democracia siempre termina pasando factura a las sociedades que votan sin memoria, sin criterio y sin mirar el bien común. Ya se eligió en demasía a “Barrabáses”.

Después llegan los lamentos colectivos, las denuncias tardías y las indignaciones selectivas. En demasiadas veces el problema ya había sido advertido desde el inicio, solo que el fanatismo hizo más ruido que la prudencia. Y así todos pierden.

De hecho que elegir bien no garantiza automáticamente el progreso, pero elegir mal sí garantiza sin dudas retrocesos. Y eso, ya se ha vuelto una experiencia demasiado conocida para demasiadas comunidades. La calidad del voto es el espejo de la calidad de un pueblo.