Expertos en desinformación
Vivimos en una época en la que cualquiera puede convertirse en “experto”, oráculo de supuestas verdades ocultas, con apenas un teléfono celular, una cuenta en redes sociales y suficiente “coraje” para hablar con absoluta seguridad sobre asuntos que desconoce por completo. La medicina, la ciencia y la salud pública son los rubros preferidos de gente especializada en desinformar, aquellos que construyen certezas a partir de rumores, videos de dudosa procedencia y experiencias personales presentadas como verdades universales.
Desde los movimientos antivacunas hasta quienes promocionan supuestas medicinas milagrosas capaces de curarlo absolutamente todo, existe una industria de la desinformación que encuentra terreno abonado en la credulidad. No importa que detrás de una afirmación no exista evidencia científica, estudios serios ni respaldo profesional. Basta con que alguien diga frente a una cámara que “a un conocido le funcionó” para que inmediatamente aparezca una legión de creyentes dispuesta a compartirlo miles de veces. Y así, una opinión termina disfrazándose de conocimiento.
El problema no es solamente que existan personas dispuestas a mentir. El problema mayor es que haya quienes estén dispuestos a creerles sin siquiera preguntarse quién habla, qué conocimientos posee, de dónde obtuvo la información y qué evidencia respalda lo que afirma. La sociedad está pagando caro esa falta de discernimiento. Decisiones relacionadas con vacunas, tratamientos, medicamentos o enfermedades no pueden quedar sometidas a la lógica de “me dijeron”, “vi un video” o “un vecino escuchó que”.
La medicina no funciona mediante votaciones populares ni se sostiene en la cantidad de reproducciones que tenga un contenido en internet. Funciona sobre investigación, evidencia, experiencia profesional, ensayos, protocolos y conocimiento acumulado durante décadas. Eso no significa que los profesionales sean infalibles, pero sí que existe una diferencia enorme entre una recomendación médica fundamentada y la ocurrencia de alguien que decidió convertirse en especialista de redes sociales.
También hay que admitir que la desinformación prospera porque muchas personas prefieren
escuchar aquello que confirma lo que ya quieren creer. Un sesgo, pero de la ignorancia. Es más cómodo encontrar un video que diga que determinado producto “cura todo”, que aceptar que un tratamiento requiere diagnóstico, seguimiento y paciencia. Es más sencillo creer en una conspiración que comprender la complejidad de una investigación científica.
Por eso, frente a los desinformadores de opinión, la mejor defensa no es otra mentira, sino el pensamiento crítico. No tragarse todo lo que aparece en una pantalla. Preguntar, contrastar, verificar y recurrir a profesionales competentes. En asuntos de salud, una mala información no es simplemente una opinión equivocada, es una decisión que puede costar una vida.
La tecnología nos dio acceso a una cantidad extraordinaria de información. Lo que todavía debemos aprender es saber distinguir información de basura, conocimiento de opinión y evidencia de charlatanería.
