Entre perseguidos y culpables
La clase política paraguaya tiene una curiosa costumbre de apenas ser alcanzada por una investigación judicial, para automáticamente dejar de ser sospechosa para convertirse, por obra y gracia del relato, en “perseguida política”. Aclarando que este hecho, no tiene nada que ver con el síndrome de persecución que es un trastorno psicótico donde la persona cree firmemente, sin pruebas, que es espiada, acosada o perseguida con intención de dañarla, sino de una astucia de malvivientes.
No importa si existen documentos, licitaciones direccionadas, compras sobrefacturadas, adjudicaciones amañadas que beneficiaron a allegados. Todo eso pasa a un segundo plano. La prioridad es victimizarse, posar de mártir del sistema y construir la fantasía de que se está pagando el precio de “haber luchado contra los poderosos”, de tener un “gobierno eficiente” y de ser “potable” presidenciable.
Sin embargo, la realidad es mucho menos romántica y bastante más ordinaria. Muchos de quienes hoy se presentan como perseguidos son, justamente, quienes utilizaron el sistema para acomodar negocios, proteger operadores, manejar fondos públicos con discrecionalidad y convertir instituciones enteras en feudos personales. Y esto es tan claro que destruye discursos.
Lo más llamativo es que los supuestos “inocentes” no suelen actuar como tales. Si realmente no tuvieran nada que esconder, colaborarían con los procesos, facilitarían las investigaciones y permitirían que la verdad salga a la luz. Pero ocurre exactamente lo contrario pues apelan, dilatan, recusan jueces, cuestionan fiscales, buscan chicanas y traban cada instancia posible. Pareciera que la mejor prueba de inocencia para algunos consiste en evitar que la causa avance.
El libreto de corruptos no tiene color partidario. Lo repiten todos. Desde los Zacarías hasta los prietistas, pasando por otros tantos dirigentes de apellidos distintos pero con la defensa idéntica. Cuando la Justicia los investiga, dicen ser víctimas de una conspiración. Cuando un fallo los favorece, afirman solemnemente que “se hizo justicia”. Es decir, la Justicia solo es tal cuando les conviene.
Hay demasiado relato fantástico en la política paraguaya. El villano quiere parecer héroe, el responsable quiere parecer víctima y el que administró mal lo público pretende ser visto como un rebelde perseguido por decir verdades. Pero la ciudadanía ya no debería comprar tan fácilmente ese cuento repetido hasta el cansancio.
No toda causa judicial es persecución política, la mayor parte simplemente, es la consecuencia natural de años de abusos, irregularidades y manejos oscuros.
Quien utilizó el poder para beneficiarse no puede pretender luego convertirse en mártir apenas la ley se muestra. Conste que esto se reclamaba desde el anonimato del poder, donde imberbes pronunciaban como oración las leyes que hoy ellos mismos trasgreden.
El verdaderamente perseguido es aquel que intentando anteponer lo correcto, lo necesario y lo debido, es avasallado por legalismos exigidos por mercenarios. Perseguido es el pueblo que debe pagar impuestos injustos, para beneficiar a bandidos que fungen de intendentes y concejales municipales genuflexos. Perseguidos son los trabajadores del microcentro que deben buscar ganar el pan de cada día en medio de la inmundicia, el desorden y la coima a funcionarios comunales.
Los que gritan inocencias siendo culpables, no son más que mediocres personajes que deben pagar la consecuencia de sus actos.
