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Editorial

Enemigos de la salud

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Uno de los mayores males de la sociedad contemporánea no es solamente la corrupción, la mentira o el abuso de poder. Es la mala costumbre de medir esos hechos conforme a conveniencias políticas, económicas o empresariales. El problema no radica únicamente en que existan actos indebidos, sino en la manera descaradamente desigual con que son juzgados por la sociedad y los “paladines de la Justicia”. La selectividad moral se ha convertido en un hábito naturalizado, que ya ni siquiera genera vergüenza. Conglomerados mediáticos, sectores políticos y hasta ciudadanos comunes adoptan posturas radicalmente diferentes ante hechos similares, dependiendo exclusivamente de quién sea el autor. La gravedad ya no se determina por el daño causado, sino por el color partidario, la afinidad ideológica y la utilidad circunstancial.

No siendo diferente en el resto del mundo, la salud pública paraguaya enfrenta demasiados enemigos. Algunos son viejos y conocidos, y otros que crecen silenciosamente, resultando tan dañino como la propia precariedad material sanitaria, relacionada con la ignorancia disfrazada de información.

Cada 7 de abril se recuerda el Día Mundial de la Salud, fecha que invita a reflexionar sobre las condiciones sanitarias de los países y sobre las amenazas que ponen en riesgo la vida de millones de personas. En Paraguay, lamentablemente, hablar de salud sigue siendo hablar de carencias, abandono y frustración.

Los problemas estructurales son evidentes. Hospitales sin insumos básicos, interminables listas de espera, pacientes que deben peregrinar para conseguir medicamentos y una infraestructura que parece más cercana al colapso que a la atención digna. A ello se suma la existencia de profesionales que, por desidia o falta de ética, han contribuido a óbitos y padecimientos innecesarios.

Sin embargo, en medio de tantas falencias, también se ha instalado otro fenómeno peligroso: el avance de las pseudociencias y de los discursos que desacreditan las herramientas preventivas más eficaces desarrolladas por la humanidad. Entre ellas, las vacunas.

Hoy proliferan personajes que, desde redes sociales, grupos de mensajería o plataformas digitales, promueven teorías conspirativas, remedios milagrosos y discursos antivacunas que terminan sembrando miedo y confusión.

Se presentan como “librepensadores”, como supuestos “despiertos” frente a un sistema que, según ellos, engaña a la población. Pero detrás de esa pose grandilocuente no existe conocimiento, sino ignorancia.

Las vacunas no son un capricho de laboratorios ni una herramienta de control social, como algunos delirantes sostienen. Son uno de los mayores avances de la ciencia moderna. Gracias a ellas se logró reducir drásticamente la mortalidad infantil, prevenir enfermedades graves y evitar epidemias que antes arrasaban con poblaciones enteras. La misma expectativa de vida aumentada a través de los siglos, es una muestra indiscutible de la ciencia al servicio de la calidad de vida.

Lo grave es que el fanático antivacunas rara vez pone en riesgo solo su propia salud. También expone a niños, adultos mayores y personas inmunodeprimidas que dependen de la inmunidad colectiva para sobrevivir. La irresponsabilidad individual termina teniendo consecuencias comunitarias, por lo que no se trata tan solo de un elemento inocuo.

Paraguay ya soporta demasiadas deficiencias en salud pública como para agregarle otra tragedia fabricada por charlatanes y vendedores de humo. Bastante daño causan la corrupción, la falta de inversión y la improvisación de las autoridades, como para además permitir que prospere una cultura donde una cadena de WhatsApp vale más que la opinión de un científico serio.

Combatir la desinformación también es una forma de proteger la salud.

Poco servirá construir hospitales y comprar equipos si todavía existen personas convencidas de que una vacuna, un tratamiento, una cirugía o una conducta,  representan más peligro que enfermedades.

La salud pública paraguaya necesita una aritmética simple: más inversión, más control, más ética, más capacidad; menos ignorancia.