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Editorial

El síndrome del ego

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Uno de los mayores males de la sociedad contemporánea no es solamente la corrupción, la mentira o el abuso de poder. Es la mala costumbre de medir esos hechos conforme a conveniencias políticas, económicas o empresariales. El problema no radica únicamente en que existan actos indebidos, sino en la manera descaradamente desigual con que son juzgados por la sociedad y los “paladines de la Justicia”. La selectividad moral se ha convertido en un hábito naturalizado, que ya ni siquiera genera vergüenza. Conglomerados mediáticos, sectores políticos y hasta ciudadanos comunes adoptan posturas radicalmente diferentes ante hechos similares, dependiendo exclusivamente de quién sea el autor. La gravedad ya no se determina por el daño causado, sino por el color partidario, la afinidad ideológica y la utilidad circunstancial.

Como es propio, en la política esteña, tan fértil en discursos encendidos como casi nula autocrítica,  vuelve a manifestarse una patología conocida,  el síndrome del ego. Afecta a ciertos dirigentes que, tras acumular un puñado de aplausos y algunas cámaras apuntando a su figura, pasan de representantes circunstanciales a considerarse indispensables, seres iluminados, ungidos por Dios.

La sobreestimación personal deja de ser rasgo de carácter para convertirse en conducta, y la soberbia en hábito cotidiano, incluso vergonzoso hasta para el menos avergonzado.

La realidad, sin embargo, no es la que intentan pintar los seudo paladines de la justicia. El relato suele ser cuidadosamente amplificado por determinados espacios mediáticos, siempre dispuestos a potenciar figuras útiles a intereses empresariales o sectoriales. Cuando no. No es novedad que  todo conglomerado económico aspira a tener su intérprete en las esferas del poder, un títere que permite seguir con sus negocios a costas del Estado. Lo preocupante es cuando ese intérprete se convence de ser protagonista de una epopeya moral, olvidando que la ciudadanía no necesita héroes prefabricados sino administradores responsables y genuinamente íntegros.

Peor aun cuando quien arrastra foja cuestionada se erige en salvador de la patria, renegando de antiguos aliados y tratando a sus antiguos compañeros como si fueran obstáculos prescindibles. El ego inflado suele traer amnesia selectiva, donde  los apoyos de ayer se vuelven traiciones ajenas, mientras los propios errores se rebautizan como persecuciones. Se olvida de prontuarios propios, para apuntar los ajenos.

Así aparece el recurso más cómodo de hipócritas manipuladores, el de proclamarse perseguido político cada vez que la justicia o la prensa indagan sobre el uso de la cosa pública. Pero no todo cuestionamiento es conspiración, ni toda investigación es venganza. Muchas veces, simplemente, es la consecuencia natural de administrar lo ajeno como si fuera propio.

El discurso victimista solo funciona mientras exista hartazgo ciudadano frente a los viejos bandidos de la política; allí el pícaro moderno intenta diferenciarse sin ser distinto.

De momento, en tierra de ciegos el tuerto puede parecer rey, aunque apenas gobierne un pequeño pueblo de convencidos o resentidos. Hacerse del gallo siendo paloma asegura dominio dentro del corral; fuera de él, donde no alcanzan las protecciones ni los padrinazgos, la historia cambia y la realidad se impone sin maquillaje.

Es peligroso caminar con egos inflados, pues las caídas suelen ser brutales. Las vestimentas del “mejor”, le cabe a cualquiera que se anime a vestirlo, pero es solo un disfraz.

La política necesita liderazgo, no idolatría personal. Y el poder público, más que egos desbordados, reclama humildad suficiente para recordar que nadie es imprescindible, y por sobre todo que el ciudadano, tarde o temprano, distingue entre quien sirve y quien se sirve.