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Editorial

El necesario amor

3 min de lectura
Uno de los mayores males de la sociedad contemporánea no es solamente la corrupción, la mentira o el abuso de poder. Es la mala costumbre de medir esos hechos conforme a conveniencias políticas, económicas o empresariales. El problema no radica únicamente en que existan actos indebidos, sino en la manera descaradamente desigual con que son juzgados por la sociedad y los “paladines de la Justicia”. La selectividad moral se ha convertido en un hábito naturalizado, que ya ni siquiera genera vergüenza. Conglomerados mediáticos, sectores políticos y hasta ciudadanos comunes adoptan posturas radicalmente diferentes ante hechos similares, dependiendo exclusivamente de quién sea el autor. La gravedad ya no se determina por el daño causado, sino por el color partidario, la afinidad ideológica y la utilidad circunstancial.

El amor es la fuerza que da sentido a nuestra existencia como humanidad, no solo en su expresión romántica, sino en su forma más profunda y universal que es ese propósito de bien para todos.

Es el sentimiento que trasciende relaciones específicas y se convierte en el motor que  impulsa al anhelo de construir un mundo más justo, solidario y humano.

Este amor no es simplemente un acto emocional, sino una elección consciente de mirar a los demás con empatía, respeto y compasión. Es ese el amor que debemos brindar desde el origen a los hijos, enseñándoles no solo a recibir, sino también a dar, a compartir, y a reconocer el valor de cada persona. Es el amor hacia los padres, retribuyendo con gratitud y cuidado lo que ellos sembraron en nosotros.

Y es también el amor que se extiende hacia la comunidad, la naturaleza y la vida misma.

Cuando vivimos guiados por este amor, debemos ser capaces de ver lo mejor en cada persona, de descubrir sus virtudes y entender sus luchas, no juzgarlas, condenarlas o menospreciarlas.

Dicho sentir invita a actuar en todo tiempo en base a lo correcto, dejando de lado intereses egoístas o impulsos destructivos. Es la base para una convivencia pacífica y armoniosa, porque donde hay amor, hay comprensión, también justicia y paz social.

El amor como propósito es recordatorio que nuestra existencia cobra sentido en el bienestar colectivo.

No se trata de grandes gestos, sino de pequeñas acciones diarias que reflejen bondad, generosidad y respetos. Sin publicidades exageradas, sin búsqueda de aplausos.

Si bien la creencia instalada por el mercantilismo los 14 de febrero están destinados únicamente a obsequios para las parejas, al menos sirve para rememorar la trascendencia del principal sentimiento de los terrícolas, o al menos debería ser. Y el amor es hasta bíblico, y en todas las religiones contemporáneas repetidas como un don del Creador, una pisca de lo que Dios experimenta por su creación, por lo que su origen es divino.

Esto sería una explicación válida para entender el nivel de preponderancia del sentimiento celebrado hoy, siendo mucho más que una sencilla pasión.

El necesario amor es aquel que puede reconocer que, en nuestra diversidad, somos parte de un mismo tejido humano, que no existen distintivos de color, raza, para vivenciar el sentir. El bien de la humanidad se logrará sin dudas con esa consecuencia de la esencia del ser.

Siempre debe prevalecer el propósito de bien para todos, partiendo de los referentes, pues en una comunidad con integrantes que profesan el amor genuino hay mínimas desigualdades y necesidades.

Cultivar este amor es nuestra responsabilidad y, al mismo tiempo, nuestro mayor privilegio como seres humanos.