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Editorial

Creer en sí mismos

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Uno de los mayores males de la sociedad contemporánea no es solamente la corrupción, la mentira o el abuso de poder. Es la mala costumbre de medir esos hechos conforme a conveniencias políticas, económicas o empresariales. El problema no radica únicamente en que existan actos indebidos, sino en la manera descaradamente desigual con que son juzgados por la sociedad y los “paladines de la Justicia”. La selectividad moral se ha convertido en un hábito naturalizado, que ya ni siquiera genera vergüenza. Conglomerados mediáticos, sectores políticos y hasta ciudadanos comunes adoptan posturas radicalmente diferentes ante hechos similares, dependiendo exclusivamente de quién sea el autor. La gravedad ya no se determina por el daño causado, sino por el color partidario, la afinidad ideológica y la utilidad circunstancial.

Por lo general, los mayores obstáculos que tiene el Paraguay para avanzar no siempre están fuera de nuestras fronteras. Muchas veces está dentro de nosotros mismos.

El paraguayo tiene capacidad, creatividad, inteligencia, sacrificio y un extraordinario don para sobreponerse a las dificultades, pero con demasiada frecuencia parece empeñado en no reconocerlo. Y suele darse el sabotaje a los iguales. Cuando uno de los nuestros consigue destacarse, en lugar de celebrar el logro como una demostración de lo que somos capaces de hacer, aparece inmediatamente la sospecha, la crítica o el intento de disminuir el mérito.

Es una curiosa contradicción. Queremos un país mejor, reclamamos oportunidades, exigimos desarrollo y criticamos las deficiencias de nuestras instituciones, pero al mismo tiempo seguimos alimentando una cultura de conformismo que se resume en aquel conocido “así nomás”, como si la mediocridad fuera una característica inevitable de nuestra identidad. El “siempre fue así” termina funcionando como una excusa colectiva para no cambiar, para no exigir más y, sobre todo, para no creer que podemos hacer las cosas de otra manera.

El problema no es solamente económico, político o institucional, es también cultural. Un país que no confía en su propia gente difícilmente puede proyectarse hacia el futuro. Necesitamos dejar de mirar el éxito de un compatriota como una amenaza o como una oportunidad para encontrarle un defecto. Cuando un paraguayo triunfa honestamente, dentro o fuera del país, no debería despertar envidia sino orgullo. Su éxito demuestra que las limitaciones que tantas veces nos imponemos no son necesariamente reales.

Por supuesto, creer en nuestras capacidades no significa desconocer nuestras falencias. Todo lo contrario. Significa tener la suficiente madurez para reconocerlas y, al mismo tiempo, entender que pueden ser superadas.

No se construye una sociedad mejor repitiendo que todo está mal, ni justificando nuestros fracasos por lo que otros hicieron o dejaron de hacer. Se construye asumiendo responsabilidades, aprendiendo, trabajando y atreviéndonos a hacer las cosas mejor.

El Paraguay necesita trabajadores que valoren su oficio, estudiantes que confíen en su preparación, emprendedores que se animen a crecer, profesionales que no tengan que emigrar para demostrar cuánto valen y servidores públicos que entiendan que administrar lo que pertenece a todos exige capacidad y honestidad.

Tenemos potencial de sobra. Lo que muchas veces falta es la convicción de utilizarlo. Mientras sigamos creyendo que “así nomás” es suficiente, seguiremos obteniendo resultados apenas suficientes.

El verdadero cambio comenzará cuando entendamos que conformarse con lo que siempre fue no es tradición, sino renunciar a lo que podemos llegar a ser por méritos propios, no por obra de una suerte accidental.

El paraguayo puede y debe sobresalir, el Paraguay debe tener mejor porvenir.