La inseguridad interna

Existe una lucha totalmente desigual que enfrenta la Policía Nacional, y  no es aquella que ocurre en una calle oscura, durante un asalto o en un operativo contra el narcotráfico. Es aquella que se libra puertas adentro de la propia institución.

Mientras miles de agentes cumplen su deber con profesionalismo y arriesgan la vida para proteger a la ciudadanía, otros transforman el uniforme en un instrumento al servicio de las mafias. El reciente hallazgo de un policía en actividad con armas de uso militar no constituye un episodio aislado ni una simple noticia policial; representa un síntoma alarmante de una enfermedad institucional que lleva décadas debilitando la capacidad del Estado para garantizar seguridad.

La gravedad del hecho trasciende la mera posesión ilegal de armamento, pues quien viste el uniforme policial ocupa una posición de garante frente a la sociedad. Tiene acceso a información reservada, conoce procedimientos, maneja inteligencia y participa de estrategias diseñadas para combatir al crimen. Cuando uno de esos funcionarios decide cruzar la línea y poner ese conocimiento al servicio de organizaciones criminales, el daño es infinitamente superior al que podría ocasionar un delincuente común. No solo fortalece a las estructuras mafiosas, sino que debilita el funcionamiento del Estado de Derecho.

Las organizaciones criminales entienden desde hace tiempo que la corrupción resulta mucho más rentable que la confrontación. No necesitan vencer a la Policía de frente, cuando pueden infiltrar parte de ella. Les basta con reclutar funcionarios dispuestos a vender información sobre allanamientos, movimientos de patrullas, investigaciones en curso o identidades de informantes. Incluso un solo agente corrupto puede comprometer operaciones enteras, frustrar meses de trabajo investigativo y poner en peligro la vida de colegas honestos que desconocen que el enemigo comparte oficina, patrulla y hasta jerarquía.

El policía íntegro no solamente enfrenta a delincuentes armados, sino también la incertidumbre de no saber hasta qué punto puede confiar en quienes trabajan a su lado. Ningún cuerpo de seguridad puede ser verdaderamente eficiente cuando parte de su estructura actúa como proveedor de logística, protección o información para las redes delictivas.

Durante años se ha insistido en aumentar patrulleras, adquirir equipos, instalar cámaras o endurecer las penas. Son medidas importantes, pero insuficientes cuando el problema principal reside en la integridad de quienes deben aplicar la ley.

La seguridad no depende únicamente del equipamiento, sino, sobre todo, de la calidad ética de quienes lo administran.

Por ello, la depuración institucional se ha convertido hace mucho en una necesidad impostergable. No bastan traslados administrativos ni sumarios que terminan archivados. Se requieren investigaciones profundas, controles patrimoniales permanentes, mecanismos eficaces de inteligencia interna y sanciones ejemplares a quien traiciona el uniforme. Ese tipo de bandido no solo viola la ley, sino que atenta contra la seguridad de todo un país.

Mientras la corrupción continúe enquistada en sectores de la Policía Nacional, el crimen organizado seguirá encontrando aliados donde debería hallar adversarios.