Porquerizas

Un hospital que debería representar al menos sensación de alivio, dignidad y esperanza, hace años se convirtió en la imagen concreta del abandono. El Hospital Regional de Ciudad del Este, principal centro público de salud del departamento, exhibe una precariedad tan normalizada que ya casi dejó de sorprender. Y quizás allí radique lo más grave, pues se hizo costumbre convivir con lo indigno.

Paredes húmedas, pabellones deteriorados, suciedad acumulada, olores nauseabundos y basurales dentro del propio predio forman parte del paisaje cotidiano de un sitio donde las personas llegan buscando sanar. Resulta inadmisible que pacientes, familiares y trabajadores de la salud deban desenvolverse entre mohos, desperdicios y condiciones que, lejos de ayudar a la recuperación, representan otro riesgo más para quienes ya cargan enfermedades y sufrimientos.

Pero esta realidad no nació ayer, ni pertenece exclusivamente a una administración puntual ni a un determinado gobierno. Es la consecuencia de décadas de desidia, improvisación y ausencia de autoridad real en materia sanitaria.

Se sucedieron ministros, directores y referentes, pero el Hospital Regional permanece atrapado en el mismo círculo de abandono, como si la miseria estructural fuese parte inevitable del servicio público.

Sin embargo, limitar toda la responsabilidad a las autoridades también sería insuficiente. Existe una parte fundamental de esta realidad que involucra a sectores de la propia ciudadanía. Porque mientras algunos reclaman con razón mejores condiciones, otros convierten espacios públicos en vertederos improvisados, destruyen instalaciones o aportan al caos desde la indiferencia cotidiana. La suciedad acumulada en alrededores y patios no aparece por generación espontánea. Hay una degradación compartida entre quienes administran y quienes dejaron de sentir vergüenza por convivir entre desperdicios.

La pérdida de sensibilidad frente a lo indecente es lo que nos vuelve a todos en cómplices de la mediocridad institucional.

Se naturalizó que el principal hospital del departamento tenga aspecto de abandono permanente. Se asumió como normal que la pobreza visual, sanitaria y humana acompañe a quienes necesitan atención médica. Como si la gente humilde tuviera que resignarse a recibir asistencia en ambientes propios de la decadencia.

Un hospital público no necesita lujo para ser digno. Necesita limpieza, orden, mantenimiento y autoridad. Requiere responsables capaces de comprender que la salud debe ser integral, lo que incluye el entorno.

Ningún discurso sobre atención integral tiene credibilidad cuando el enfermo debe caminar entre suciedad para intentar salvar su vida.

El Alto Paraná no merece un hospital convertido en símbolo de resignación. La ciudadanía tampoco puede seguir actuando con la pasividad de quien observa el deterioro como algo inevitable.

Cuando una sociedad tolera que su principal centro de salud parezca un sitio abandonado, termina aceptando que la indignidad sea parte natural de la existencia.

Y ningún ser humano debería ser tratado como ganado, salvo que algunos crean que las porquerizas son el ambiente apropiado para pacientes.