Por lo reiterativo ya no se admite eufemismos para calificar lo que ocurre en el penal de máxima seguridad de Minga Guazú, originado verdaderamente “máxima preocupación”. Cada requisa, que debería traer tranquilidad a la ciudadanía, termina confirmando exactamente la persistencia de un circuito clandestino que burla controles, normas y discursos oficiales de “buen trabajo”.
Lo más grave no es el hallazgo en sí, sino su carácter repetido, casi rutinario, como si lo anormal hubiese pasado a ser regla.
Conviene dejar algo en claro para evitar el facilismo argumental que no se trata de reclamar la supresión de derechos ni de dignidad para las personas privadas de libertad. El Estado no puede, ni debe, caer en esa circunstancia indebida. Pero tampoco puede tolerar que dentro de un recinto de máxima seguridad circulen objetos y elementos que, por definición, están prohibidos. Esa contradicción desnuda la distancia entre el papel y la realidad.
Las cárceles, lejos de ser espacios de rehabilitación o de contención, continúan funcionando como centros operativos del crimen organizado. Y no por una supuesta sofisticación tecnológica de los internos, sino por la disponibilidad de herramientas que jamás debieron ingresar.
Cuando desde el encierro se coordinan delitos, se financian estructuras ilícitas o se mantienen redes activas, el problema deja de ser penitenciario para convertirse en una amenaza directa a la seguridad pública. Detrás de los barrotes se opera como si estuviera fuera.
En ese contexto, la discusión sobre dispositivos tecnológicos, escáneres, bloqueadores de señal y sistemas de vigilancia pierde fuerza frente a la verdad que todo depende, en última instancia, del componente humano.
La corrupción, esa vieja e inmortal enfermedad institucional, sigue encontrando la manera de imponerse a cualquier innovación técnica. No hay sistema que resista cuando quienes deben hacerlo cumplir se convierten en parte del problema.
Por eso, más que sorpresa, lo que debería generar cada nueva requisa es vergüenza en los responsables del penal. No puede ser que los mismos resultados se repitan sin consecuencias visibles.
La ausencia de sanciones concretas, de investigaciones profundas y de depuración interna alimenta un círculo vicioso donde la impunidad se vuelve norma y la complicidad, sospecha permanente.
Cuando lo prohibido entra con facilidad, alguien abre la puerta, esto es absolutamente de simple razonamiento. Y cuando eso ocurre una y otra vez, ya no se trata de fallas aisladas, sino de un sistema que, por acción u omisión, ha decidido mirar hacia otro lado por conveniencia económica.
