En cualquier grupo social organizado, los liderazgos, por criterios de racionalidad, experiencia y proyección, son, o deben ser, determinados en conformidad a condiciones naturales, como fuerza, determinación, inteligencia, honorabilidad y por sobre todo sabiduría para resolver problemas internos y externos que pudieran presentarse.
No es un asunto de elevar la bandera del pensamiento de Platón y Aristóles sobre el manejo de las masas, sino una cuestión hasta lógica, pues difícilmente un mal liderazgo pueda conducir a buen puerto. No se reivindica la aristocracia propiamente dicha, sino al menos la capacidad de que el ciudadano sea encaminado por la senda debida para su bien. Para ello la gente debe tener suficiente discernimiento para comprender que asnos son buenos para cargar y otros asuntos de labor de campo, pero no para ser intendentes de una ciudad.
Los partidos políticos, en sus propuestas para liderazgos comunales, tienen la obligación de ofertar a sus mejores figuras. Así, el afiliado primero se sentirá identificado, y luego orgulloso del que resulte porta estandarte de la organización política, pues será lo mejor entre los mejores. Pero la realidad da una tremenda cachetada con lo que desde hace mucho tiempo, los partidos políticos a nivel local y regional vienen proponiendo, que no son más que “productos chinos” de baja categoría, priorizándose lo de “quien se anime” a competir por la preferencia de electores, a fin de que ese aparente coraje de mostrarse pueda redituar en algún cargo público como premio. No importa caer, hay que figurar.
De hecho que el “enanismo” de candidaturas hace que los parámetros mencionados más arriba se hagan menores, pues nadie alcanza siquiera lo mínimo para ser considerado buen estratega, correcto administrador y honesto líder.
Ningún partido político que apuesta a los comicios venideros, al menos en el Este, tiene competencia interna entre los mejores. Será lo de siempre: optar por el menos peor, o por el más vivo para embaucar. Antes que orgullosos afiliados, se tendrá avergonzados partidarios.
No es una indignación selectiva la que se propone en este apartado, sino un análisis objetivo de las organizaciones partidarias que adolecen de lo básico y se conforman con más de lo mismo como si fuera normal la mediocridad. El Partido Colorado, el Partido Liberal, Yo Creo y Cruzada Nacional tienen los mismos vicios pese a intentos de mostrarse hipócritamente diferentes. No hay depuración, no hay nuevos líderes y no hay apego al interés general. El deseo de poder no es por patriotismo, y así no se construye nada para el bienestar general.
Se sigue adoleciendo desde las entrañas de los partidos, es casi imposible que salga algo efectivamente bueno de ellos. El pueblo se acostumbró a lo poco, por ello se sigue por inercia en este contrato social que nos ofrece casi nada a cambio de mucho para quienes nos gobiernan.
No es una aspiración traída de los pelos ser dirigidos por los mejores, pero resulta impracticable, ya que no hay oferentes, declarándose desierta la posibilidad de tener por fin a un intendente municipal de alto nivel intelectual y moral. Hay que romper la monotonía impuesta por los actores políticos, y dejar de aceptar cualquier mentecato como candidato. El pueblo no puede seguir reflejándose en mentirosos, manipuladores, bandidos y anodinos. Olvidar que las autoridades son reflejo de las sociedades también es un error que no se borra con eufemismos.
