La oferta de lo poco

Parece chiste de tan repetitivo, pero en cada ciclo electoral municipal en la Ciudad del Este se vociferan promesas de “diferencias”, de mejorías en liderazgos, pero lo único distinto suele ser los diferentes eslóganes.

Las ofertas partidarias vuelven a exhibir más marketing que contenido, más cuento que programa, y más expectativa que gestión posible.

El oficialismo comunal parte con la ventaja evidente de administrar la realidad cotidiana: inaugura, anuncia y administra recursos. Pero esa misma ventaja se transforma en espejo incómodo, pues la acumulación de expresiones de deseos por sobre acciones verificables, las persistentes zonas grises en materia de transparencia y una larga lista de promesas incumplidas han erosionado una confianza que no se recompone únicamente con presencia territorial. Por ello se apela incluso a hacer partícipe al referente investido astutamente de seudo mártir Miguel Prieto, para que la restas sean menos perceptibles. A ello se suman “divorcios” con antiguos aliados, internas ocultas que dejaron de ser discretas y un caudal electoral que, sin desplomarse, se encoge elección tras elección. Gobernar desde el poder no siempre equivale a gobernar con autoridad y los “errores” tienen consecuencias.

En las carpas de la ANR la escena tampoco ofrece demasiada sorpresa. El problema no es la competencia, sino la ausencia de alternativas reales, ya que se disputa el espacio entre figuras largamente transitadas por la política local, recicladas con distintos envases, pero extremadamente gastados. De un lado, un candidato que confunde vehemencia con propuesta y tomar del pelo con verosimilitud, apostando a promesas de imposible cumplimiento que seducen únicamente a quien no exige sentido común y memoria. Charlatán, trepador, con foja sucia, y especializado solo en hacer ruido. Del otro, un empresario que alguna vez insinuó renovación, pero que al someterse a la liturgia partidaria terminó acomodándose a objetivos ajenos, alineado más a la construcción de liderazgos internos que a un proyecto municipal concreto. Ambos sectores compiten por ganar la interna; ninguno parece disputar seriamente la ciudad.

El liberalismo, por su parte, permanece fiel a su tradición más constante de fragmentación. Las mismas disputas que durante décadas minaron su credibilidad reaparecen ahora con ropaje de renovación. La palabra “cambio” vuelve a ser pronunciada por quienes administraron su desgaste histórico. La eventual alianza con Cruzada Nacional aporta algo de oxígeno electoral, aunque más como suma aritmética que como coincidencia programática. El entusiasmo no alcanza a constituir proyecto.

Así, el panorama general no difiere demasiado del acostumbrado. Las organizaciones políticas parecen competir más por administrar estructuras que por mejor gestión de la ciudad. En ese contexto, la ciudadanía vuelve a enfrentarse al dilema recurrente de no elegir entre modelos de desarrollo, sino entre niveles de tolerancia. Y cuando la política reduce sus opciones a esa escala, la democracia deja de ser una herramienta de transformación para convertirse apenas en un mecanismo de selección del menos peor. En términos generales, los esteños tendrán como máxima posibilidad la mediocridad.