Sentido común

Por lo general contextos presentes son comparados con tiempos idos, a fin de buscar explicaciones sobre deterioros contemporáneos, primordialmente de valores. Y  en tiempos donde lo absurdo se normaliza y lo esencial se margina, es inevitable poner la vista atrás, preguntarse: ¿cuándo fue que el sentido común dejó de ser común?

Y en ese mismo tenor, basta con observar lo que ocurre en nuestras comunidades para notar una preocupante pérdida de noción básica sobre lo que está bien y lo que está mal. Quizás por conveniencia, pues para muchos es mejor desactivar conciencias, y seguir en la misma sin interpelaciones.

Se está en un tiempo donde lo evidente se discute, lo insólito se celebra y lo correcto se ignora.

En muchos municipios del país, incluida nuestra región, decisiones que deberían guiarse por lógica elemental y responsabilidad pública terminan atrapadas en el espectáculo político y en la improvisación crónica. Caminos destruidos que se vuelven a bachear cada año, obras inauguradas sin terminar, prioridades donde se invierte más en propaganda que en optimizarlas.

Para poner énfasis en salud, educación y servicios básicos, no hace falta un doctorado en administración pública, pues hasta el menos instruido es capaz de entender que un hospital sin insumos es más urgente que una rotonda con luces de colores.

El ciudadano, por su parte, también ha sido arrastrado a esta lógica distorsionada. Se aplaude al político que regala sillas de ruedas, pero no se exige al Estado que garantice un sistema de salud digno. Se agradece a quienes “hacen el favor” de cumplir su trabajo, como si la eficiencia fuera una gentileza, no una obligación pagada. A menudo, quienes señalan lo absurdo son acusados de negativos, de “poner palos en la rueda”, como si el conformismo fuera una virtud y el reclamo informado, una amenaza. Es hasta medieval, oscurantismo repetido.

Es hora de recuperar el sentido común, no como simple consigna, sino como herramienta de transformación, pues el desarrollo no depende solo de grandes obras, sino de pequeñas decisiones bien tomadas.

Gobernar no debería ser un arte escénico, sino una práctica ética y eficiente, con resultados duraderos.

La ciudadanía entendida merece más que migajas disfrazadas de gestos nobles. Pero para ello también debe adoptar praxis sustentadas en lo debido y el bienestar general. En el respeto al derecho ajeno y en el cumplimiento de deberes y obligaciones.

Las instituciones deben funcionar, los servidores públicos deben cumplir en todo tiempo funciones correctas y las políticas resolver de manera certera los problemas sociales. Si no funciona así, es porque se ha evitado el sentido común.

Es de mucha importancia que vuelva esa característica sensorial superior. Aunque suene simple, sería revolucionario.