Judas Kai

En Paraguay se tiene como tradición generalizada, eventos festivos originados por una fecha de relevancia en el ámbito religioso. La fiesta de San Juan, que si bien es la celebración del nacimiento de San Juan Bautista, que según la tradición cristiana, a más de ser el primo de Jesús, fue su antecesor, anunciador, el “grito del desierto”, tiene mayor connotación pagana que espiritual.

Y como es propio, se vive un ambiente de conmemoración con alimentos típicos y juegos de fe, y de castigo.

Entre esos “juegos”, el más destacado y celebrado suele ser el “Judas kai”, que consiste en un muñeco, por lo general del tamaño de una persona,  y posterior quema del mismo. En las fiestas de San Juan en Paraguay, este muñeco representa a Judas Iscariote, el apóstol que traicionó a Jesucristo a cambio de monedas, por lo que se lo castiga de dicha manera, como evento corolario.

Pero la recreación no solo escenifica el castigo a quien, pese a  tener al Hijo de Dios como su guía de fe, lo vendió, sino a los “Judas” contemporáneos. A aquellos que pidieron votos de confianza para llevar a la ciudadanía a la tierra prometida, pero sus liderazgos solo fueron encaminados al beneficio personal y de un reducido número de séquitos.

Intendentes que se presentaron como mansos corderos, pero no fueron más que lobos hambrientos por el dinero ajeno.

Si bien es una alegoría que no tiene efecto físico, es una muestra de indignación ante la blasfemia a deberes y obligaciones de autoridades políticas, que no representaron desde curules al pueblo, sino a cabecillas de organizaciones delincuenciales que se vistieron de santos en campañas, para desvalijar instituciones comunales como en el Este.

Judas Kai señalando a otros iguales, también ameritan ser “quemados”. Incinerados de espacios de poder, llevarlos al anonimato de la vida pública.

Traidores de la confianza ciudadana, embaucadores del pueblo, que persiguieron monedas antes que el bienestar de la comunidad.

Esos “muñecos”, figuras decorativas de juntas municipales, que solo están para responder a órdenes de ejecutivos, y que ni se inmutan defendiendo lo indefendible, también deberían ser tenidos como genuinos judas, avaladores de lo indebido por migajas.

Juraron combatir la corrupción, y la cobijaron. Hablaron de renovación, pero reciclaron vicios y protegieron a ineptos. Son los Judas de nuestra era política, que con discursos fervorosos en campaña, besaron la mejilla del electorado, solo para clavar el puñal de la indiferencia, la inacción y el encubrimiento cuando llegaron al poder.

Gestiones tibias, pactos silenciosos entre supuestos adversarios, y una llamativa amnesia colectiva sobre promesas de transparencia, desarrollo y justicia.

Judas del Este. Prometieron dignificar la función pública y terminaron rodeados de familiares planilleros, aliados impresentables y decisiones convenientes.

En vez de enfrentar el desgobierno con firmeza, muchos optaron por el silencio cómplice. En lugar de exigir auditorías y rendiciones de cuentas, algunos se transformaron en escuderos de la impunidad.

El problema no ha sido solo la traición en sí, sino su repetición sistemática.

Hay que recordar que el Judas del evangelio se ahorcó, pero los nuestros, los politiqueros siguen vivitos, cobrando salario, decidiendo el destino de miles, y haciendo del cinismo su única ideología.

Pero no hay traidor que reine para siempre, ni Judas que sea eternamente percibido como apóstol de mesías. La memoria, cuando se activa, también puede ser instrumento de justicia, de “quema”.